—Ay, ya. —Martina, entre risa y resignación, miró a la gente que pasaba; no quería convertirse en el centro de las miradas. Al final cedió—: Te extraño.
—¿De verdad? —Salvador alzó una ceja—. ¿No me lo dices por compromiso?
—De verdad. —Martina se apuró—. Hay mucha gente; ¿podemos hablar esto en casa?
“¿A casa?”
A Salvador le gustó ese plan. La dejó en paz, pero siguió abrazándola.
—Bien, lo hablamos en casa.
Fueron a Residencial Jacarandá.
Al llegar, dejaron el equipaje. Salvador abrió la malet