—Ay, ya. —Martina, entre risa y resignación, miró a la gente que pasaba; no quería convertirse en el centro de las miradas. Al final cedió—: Te extraño.
—¿De verdad? —Salvador alzó una ceja—. ¿No me lo dices por compromiso?
—De verdad. —Martina se apuró—. Hay mucha gente; ¿podemos hablar esto en casa?
“¿A casa?”
A Salvador le gustó ese plan. La dejó en paz, pero siguió abrazándola.
—Bien, lo hablamos en casa.
Fueron a Residencial Jacarandá.
Al llegar, dejaron el equipaje. Salvador abrió la maleta, sacó una bolsa y se la entregó a Martina.
—En un rato, ponte esto.
—¿Qué es?
—Cuando te lo pruebes, lo vas a saber. —Salvador le pellizcó la mejilla—. Te va a quedar perfecto. Me voy a duchar.
Dicho eso, se metió al baño.
Martina abrió la bolsa: era un vestido de gala.
Si quería que se lo pusiera, ¿era para esa noche? ¿Iban a algún evento?
Se acercó a la puerta del baño y, a través de la puerta, le habló.
—¿A dónde vamos esta noche?
—Sí. El cumpleaños de un amigo.
Ah. A Martina no le molestó;