—Ja, ja… Está bien, voy a portarme bien.
Miguel le acarició la cabeza a Alba con ese cariño consentidor.
Alba no se quedó mucho; Miguel tenía tratamiento por la noche y no quería que la niña se asustara.
Alejandro la abrazó y la llevó hasta el auto.
—Papá. —Alba lo rodeó con los brazos, sin ganas de soltarse—. La próxima vuelvo. Tienes que extrañarme y no olvidarte de mí, ¿sí?
—¿Cómo crees?
Alejandro soltó una risa leve. —Nunca voy a olvidarte.
—¡Ajá!
Al oírlo, Alba se echó a reír. —¡Papá, nos vemos!
—Nos vemos, mi pequeña.
De vuelta en la habitación, Miguel ya estaba en tratamiento; y con él, llegó el dolor.
Alejandro se sentó junto a la cama. Miguel lo miró. —Alejandro, hazme caso: no te quedes aquí todos los días.
—Abuelo… —Alejandro frunció el ceño, reacio a aceptar.
Abuelo y nieto sólo se tenían el uno al otro. En un momento así, ¿cómo iba a dejarlo solo?
—Sé lo que estás pensando —dijo Miguel.
Hizo un gesto con la mano. —Piensa en mí también: si te veo así de agotado, ¿crees que