—Niña tonta. —Miguel sonrió y negó con la cabeza—. No te culpes. En la vida siempre hay cosas que nos rebasan, de un tipo y de otro…
Luciana bajó la mirada, tan avergonzada que no halló palabras.
—Nada de lágrimas, ¿sí?
—¿Y mi princesita? —preguntó Miguel—. ¿Por qué no me la trajiste para verla?
Luciana se secó los ojos. —Salí con prisas y no me dio tiempo. La próxima te la traigo, te lo prometo.
—Bien.
El abuelo quedó conforme. —Entonces queda pactado.
Suspiró. —Puede que en toda su vida Alejan