No se veía como siempre. Desalineado, con el pelo revuelto, el traje arrugado y la barba sin rasurar, Alejandro tenía un aire derrotado.
¿Qué pasó?
Estaban en el hospital; Luciana sólo pudo pensar en don Miguel.
Lo vio subir al auto y se preocupó. Murmuró, casi para sí:
—Maneja con cuidado, ¿sí?
Cuando el coche salió del estacionamiento, Luciana subió al servicio.
Al mediodía, se hizo un tiempo y pasó por la suite VIP a preguntar por don Miguel. Ahí se enteró.
Metástasis.
Para Alejandro, debía ser un golpe brutal. Luciana sabía cuánto amaba a su abuelo: sin él, ellos no se habrían acercado jamás. Por don Miguel, Alejandro fue capaz de sacrificar hasta su propia vida personal.
¿Y si el abuelo faltaba… cómo iba a quedar Alejandro?
—Anoche se quedó toda la guardia —suspiró el médico de guardia—. Pueden pagar cuidadores, pero… se le nota lo que trae en el alma.
Con razón se veía así.
¿Pensaba seguir al límite? Era humano, no de hierro.
—¿Puedo pasar a verlo? —preguntó Luciana.
—Claro —asin