A diferencia de Luciana, Martina sí había visto a esa mujer una vez más… No recordaba bien cuándo ni dónde, todo se le mezclaba. Lo único nítido: Salvador y su novia estaban solos; él le cargaba bolsas y cajas, atento, suave, casi exageradamente tierno…
—Marti.
El color se le fue de la cara. Luciana le tomó la mano y notó el frío.
—¿Qué pasa?
—Nada —tiró de la comisura, queriendo sonreír.
La sonrisa le salió peor que un llanto.
Luciana entendió sin que se lo dijeran.
—No te hagas ideas —le habló con verdad—. Todo son conjeturas. No sabemos si fue novia formal, ni qué tenían. Y aunque se parezcan, no significa nada. No te asustes sola, ¿sí?
—¿De veras? —Martina no estaba tan optimista.
—Sí. No hay dos personas idénticas. Si Salvador no te soltó todos estos años, fue por algo más que un parecido…
—Tú misma lo dijiste: “por algo más” —lo hiló Martina—. Eso quiere decir que, al principio, sí se me acercó por la cara.
Luciana calló. No tenía cómo desmentirlo.
—Cuando vuelva, pregúntale. Con