Salvador la sacó del restaurante en brazos, la acomodó en el auto y se inclinó para abrocharle el cinturón.
No arrancó de inmediato. Le apartó un mechón de la sien y le rozó la cara con los dedos.
—Esta noche… no regresamos a casa de mis suegros, ¿va?
—¿Cómo que “suegros”? —Martina se rió y le dio un golpecito—. No inventes.
—Tsk —fingió molestia y le robó otro beso—. ¿No aceptaste la propuesta? ¿Mm, futura señora Morán?
—…Bueno —jugueteó con los dedos—. Si no vamos a mi casa, ¿a dónde?
—A mi ca