Por venir de familia comerciante, Martina sí sabía un poco de baile de salón: no era profesional, pero se defendía.
Salvador Morán lo hacía mejor; con él guiándola, Martina lució todavía más.
—Bailaste muy bien —la miró desde arriba cuando terminó la pieza.
—Es porque tú me llevaste.
Soltó sus manos para volver a la silla.
—Marti.
Pero Salvador la detuvo.
—¿Mm? —se extrañó—. ¿Seguimos baila…?
No terminó: él se arrodilló en una rodilla frente a ella.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? Levántate… —se agachó a a