—¿Qué cosa? —Alejandro no entendió.
—¡Dámelo! —Juana infló las mejillas—. El menú. ¿No me invitaste a comer? Tengo hambre.
—Claro.
Alejandro le pasó la tableta.
—¿Qué vas a comer tú? —preguntó ella.
—Pide lo que te guste. Yo, lo que sea.
Últimamente no tenía apetito: se llenaba de trabajo y se le olvidaba comer. Ahora comer era, para él, apenas combustible: le daba igual el plato.
—Está bien.
Juana no se contuvo y pidió media carta.
¿Así de buen diente? A Alejandro se le vino Luciana a la cabeza