Esta vez, no venía sola. Alejandro esperaba en la puerta del restaurante.
—¡Alejandro! —Juana llegó casi corriendo—. Perdón, ¿te hice esperar mucho?
—No —al verla venir directo, levantó la mano para sujetarla con cuidado—. No corras; traes tacones. El piso resbala.
—Jaja, estoy bien.
Juana sonrió y, con confianza, se colgó de su brazo.
—Vamos.
—Claro —Alejandro retiró el brazo con discreción y entró primero.
Desaparecieron adentro.
Luciana se quedó quieta, como si se le atascara una piedra en el