—Bueno, bueno.
Con un Alejandro tan susceptible, había que “acariciarlo a favor del pelaje”. Luciana le sostuvo el rostro y posó los labios en los de él.
—Mmm…
Y como ya estaban pegados, no fue tan sencillo detenerse.
Cuando se separaron, ella tenía las mejillas encendidas y respiraba rápido; en cambio, el señor Guzmán —todavía con antídoto en vena— sonreía tan fresco como si nada.
Luciana arrugó la nariz; él bromeó:
—Tengo buen pulmón. Ese veneno no me hace cosquillas.
—Sí, sí… el más fuerte de