Pero no sabía si él, con tan mala señal, lo había oído. A juzgar por su mirada limpia, seguramente no.
Por la forma en que él actuaba, dedujo que nunca lo había oído.
—Nada importante —sonrió con misterio—. Cuando llegue Alba te lo cuento de nuevo; quiero ver tu cara de sorpresa.
Imaginó la alegría de ambos: él adoraba a la niña y la pequeña idolatraba a su “tío”; aceptar la verdad sería fácil.
—Voy al baño.
—Vuelve rápido —dijo él, soltándola con pesar.
Justo entonces Juan entró y contempló la