Un leve movimiento hacía que los restos se desmoronaran como hielo roto, cortaran la piel y dejaran todo convertido en una masa sanguinolenta…
Alejandro no dijo nada. Se quitó el saco, como si estorbara, lo arrojó a un lado y, mientras se arrancaba la corbata, echó a andar hacia la orilla.
—¡Alejandro!
—¡Alejandro, espera!
Juan y Simón gritaron al unísono: él pensaba lanzarse al agua en persona.
“¿Para qué?” se miraron. Había un batallón de rescatistas; su jefe no era precisamente buzo profesion