Escuchar el nombre de Alba dejó a Alejandro helado.
—Alejandro —insistió Simón—. Elena acaba de llamar: Alba no deja de llorar. ¿Por qué no regresas? Contigo siempre se calma…
“Alba no deja de llorar”… esas palabras le martillearon la cabeza y un velo negro le nubló la vista.
—¡Alejandro! —Juan y Simón lo sujetaron, arrastrándolo hacia tierra firme. Los tres chorreaban agua; él, además, parecía un fantasma: la piel lívida, con un matiz verdoso.
Simón corrió por agua caliente y se la ofreció:
—Tó