—Oh. —Luciana, de su mano, avanzaba despacito cuesta abajo.
La pendiente no era difícil, pero el camino se hacía largo.
—Ya no sigo… —agitó la mano—. Estoy cansada, se me acaba el aire. ¿Por qué no vas tú por un coche?
Alejandro dudó. No pensaba dejarla sola en medio de aquel cerro: el lugar parecía tranquilo, pero quién garantiza que no pase algo.
—Te llevo cargando —propuso.
—¡Ni lo sueñes! —negó con la cabeza—. Está bien, está bien, camino yo.
Él le sujetó el brazo.
—¿Sigues enojada conmigo?