Salieron y se dividieron en dos rutas.
Alejandro llevó a Alba a comprar el flotador de patito que tanto deseaba; Luciana fue por el agua de coco que a la niña le encantaba.
Salvo que fuera indispensable, ni Elena ni los guardaespaldas se acercaban demasiado: respetaban la intimidad de los tres.
—¡Guau!
Apenas entraron en la tienda, Alba quedó deslumbrada: docenas de flotadores y varios modelos de patitos.
—¡Son un montón! ¿Cuál elijo?
—Con calma, no hay prisa.
—¡Va!
Alba examinaba uno por uno mi