Que lo embriagaba por completo.
—Claro —aceptó sin pensarlo—, pero en voz bajita, que mamá no se entere.
—¡Ajá! —Alba saltó en su regazo, exultante—. ¡Papá!
En el acto Alejandro quedó rígido.
Había creído estar preparado, pero aquel «papá» le atravesó el pecho con una fuerza insospechada.
Solo pretendía complacer a la niña…
Y, aun así, la emoción le nubló los ojos de humedad.
—¡Papá, papá! —Ajena al torbellino del adulto, Alba siguió repitiendo—: Mamá todavía no sale; puedo seguir llamándote… ¡p