—¡Luciana! —exclamó Alejandro, alarmado—. ¿Te llamó a ti? ¿Quién es? ¿Por qué te dice mamá?
—¿Cómo voy a saberlo? —contestó ella, igual de desconcertada.
—¡Mamá! —insistió el pequeño, aferrado a su pierna con terquedad y esperanza.
—Luego hablamos, cuelgo —cortó Luciana, ignorando la ansiedad del hombre. Se agachó y acarició la cabeza del niño.
A esa distancia notó rasgos mestizos: no muy marcados, salvo por unas cuencas profundas.
—Peque —dijo con suavidad—, mírame bien: no soy tu mamá. ¿Te per