La habitación quedó de pronto con solo Juana y Alejandro, mirándose incómodos.
Recién entonces, Juana se dio cuenta, con cierta torpeza:
—¿Luciana habrá malinterpretado algo?
Pff.
Alejandro soltó una risa seca.
—¿Tú qué crees?
—¡Ay! —exclamó Juana, dándose un golpecito en la frente—. ¡Perdón! Voy a explicárselo ahora mismo.
Se dio vuelta y salió corriendo.
—¡Luciana, espérame!
Luciana no había avanzado mucho y enseguida la alcanzaron.
—Señorita Díaz, ¿qué sucede…?
—Un momento…
Juana se detuvo y