Luciana asintió.
—Ajá, exacto.
—¿Y eso está mal? —Juana hizo un puchero—. Él me rechazó, pero yo lo sigo queriendo. ¿Qué hago? Tampoco es que pueda decirle a mi cabeza “¡olvídalo!” y…
Con el dedo, señaló su sien.
—Esto no obedece tan fácil.
—Sí —convino Luciana—, tienes razón.
Su tono se volvió más grave—: Así que sigue a tu corazón; haz lo que quieras hacer.
¿Eh? Juana parpadeó, incrédula.
—¿Cómo?
Luciana sonrió.
—Mira, yo no soy su pareja. Antes, cuando tenía un montón de novias, tú nunca lo d