¡Sangre!
Aquel día, tras salir de la escuela, algo lo inquietó todo el trayecto; una corazonada pesaba sobre su pecho. Recién el chofer detuvo el auto frente a la mansión, Alejandro saltó y corrió al interior.
—¡Mamá!
La ama de llaves, Amy, le indicó:
—La señora está en su habitación.
Subió de dos en dos los peldaños, pero la puerta estaba cerrada. Golpeó con desesperación.
—¡Mamá, soy yo, Alejandro! ¡Ábreme!
Silencio. Con la ayuda de Amy y una llave de reserva entró… y la vio, sentada en la cor