—¿Eh?
—¡Rápido! —sin esperar réplica la acomodó sobre su espalda y arrancó a toda velocidad.
Al principio ella protestó, avergonzada:
—Bájame, mejor camino…
—¿Para que me retrases? —replicó sin aflojar el paso.
Martina abrió la boca… y la cerró de golpe cuando un ladrido desgarró la noche.
—¡Guau! ¡Guau-guau!
Se aferró a sus hombros.
—¿Qué fue eso?
—¡Por Dios, señorita Hernández! ¿Ahora no reconoces un perro? —la regañó, medio divertido—.
—¡Claro que sí! Pero suena furioso. ¿Por qué hay perros a