Le cerró los dedos alrededor del silbato.
—Guárdalo bien; si lo pierdes, hallarme será más difícil.
***
La noche avanzó. Martina, agotada, se quedó dormida reclinada en el asiento del copiloto.
Salvador, en cambio, no pegaba ojo. Observó su rostro iluminado apenas por la luz del tablero: tres años atrás lucía todavía cachetoncita; ahora sus facciones eran definidas, casi delicadas.
Con sumo cuidado le apartó un mechón de cabello y rozó sus labios con un beso suave. Ella no se movió. El deseo se