—Pobre princesita —se burló con dulzura—. Te fabricaré uno.
Sin prisa, limpió bien la piedra, humedeció el hueso y comenzó a pulirlo. No solo rebajó las puntas y atravesó el centro: también alisó cada arista rugosa para que no le lastimara las manos. Luego, ayudado por una ramita, vació el interior hasta dejar un hueco perfecto.
Cuando estuvo satisfecho, se lo tendió:
—Listo. Pruébalo. ¿Sabes soplar?
Martina le dedicó una mirada ofendida.
—¿Crees que no puedo? —y enseguida cambió a una sonrisa d