—¿De verdad necesitas que te lo expliquen? —respondió Salvador sin apartarle la mirada, con una sonrisa indescifrable.
El rostro de Vicente se desmoronó. Martina abrió la boca, pensó en aclarar algo y se contuvo: que creyera lo que quisiera; sería más fácil así.
—Vete, por favor —pidió ella, cansada.
Vicente la contempló con pena, apretó los labios y salió.
Apenas se cerró la puerta, Martina soltó el aire y vio su almuerzo, ya frío. Se lamentó por la comida desperdiciada.
—¿Qué estabas comiendo?