Él se quedó mudo un instante, un sabor amargo en la boca.
—Tu hija es mi hija —dijo al fin—. Lleva la mitad de tu sangre; eso la convierte en mi niña también.
Luciana abrió los ojos, conmocionada. ¿Lo sabía? ¿Hasta dónde llegaba su intuición?
Reprimió la humedad que le subía a los párpados.
—No sueltes frases conmovedoras. No se trata de emoción: sé lógico —apretó los dientes—. ¡Alba es mía, no tuya!
La frase era, en parte, cierta: biológicamente sí, pero él jamás supo que aquella noche la había