—Te creo —respondió grave—. Por eso está en la comisaría.
—¿La llevaste a la policía? —parpadeó, incrédula—. ¿Entonces, por qué la cara larga? ¡Podrías no haberla entregado!
—Cállate —gruñó—. No quiero seguir oyendo tus palabras “sin corazón”.
Ella torció el gesto y dejó de hablar. Como si yo quisiera.
Al llegar a la villa Trébol, Alejandro volvió a cargarla.
—Tengo muletas; puedo sola mientras no apoye el pie —protestó.
Él ni la escuchó y avanzó directo al salón. Apenas cruzaron el umbral, una