La limosina avanza suavemente por la carretera, alejándose de la casa y de la figura rígida de Marcos en la entrada. Ana mira por la ventana mientras Gregory se acomoda a su lado, con una sonrisa tranquila en el rostro.
—Bueno, niños, ahora sí podemos relajarnos. —Gregory gira la cabeza hacia ellos con una sonrisa cómplice.
Los pequeños, que hasta entonces habían mantenido una actitud reservada, se lanzaron hacia él en un abrazo efusivo.
—¡Gregory! —exclama Valentina, riendo.
—¡No sabíamos que