La librería Rosario Castellanos en la colonia Roma lucía exactamente igual que el día en que Ximena había renunciado—estantes de madera oscura que llegaban hasta el techo, el olor a papel viejo mezclado con café recién hecho, luz natural filtrándose a través de los ventanales que daban a la Plaza Río de Janeiro. Era como regresar a una vida que ya no le pertenecía.
Magdalena levantó la vista desde el mostrador cuando Ximena entró, y su expresión habitualmente serena mostró sorpresa genuina.
—Xim