La notificación llegó a las 6:47 de la mañana.
Ximena había dormido apenas dos horas después de su maratón nocturno en el estudio. Había subido a la habitación cerca de las 4:30 AM con la cabeza llena de información sobre su padre, sobre Eduardo Salazar, sobre conexiones que iban más profundo de lo que había imaginado. Los correos electrónicos que había encontrado en la laptop del estudio—ocultos en una carpeta de respaldo de 2015—revelaban conversaciones que nunca debieron existir, planes que n