El segundo sábado de junio, Beatriz Solís fue a visitar a Ximena y Sebastián al penthouse.
No era primera visita. Era la séptima u octava desde que empezó el año, y habían encontrado el ritmo que funcionaba para las tres: visitas que no requerían preparación especial ni agenda specific, que simplemente ocurrían cuando alguien tenía razón para estar en el mismo espacio.
Esta vez Beatriz llegó con algo que había estado guardando.
—Es del despacho de Roberto —dijo cuando se sentó, poniendo un sobre