La demanda llegó por mensajero a las ocho de la mañana, interrumpiendo desayuno que ninguno estaba comiendo de todos modos. Lucía Ferrer apareció treinta minutos después con expresión que Cassandra había aprendido a reconocer: admiración reluctante por estrategia legal brillante, seguida de furia por el daño que causaría.
—Es... ingenioso —admitió Lucía, dejando documento sobre mesa de comedor—. Terriblemente, devastadoramente ingenioso.
—¿De qué se trata? —preguntó Cassandra, alcanzando las pá