77: Hogar, dulce hogar.

Mi tiempo de recuperación fue horrible. Cada movimiento me recordaba el dolor que acababa de atravesar, y mi cuerpo aún se sentía débil, torpe… roto. Pero tener a mis hijos conmigo era una sensación que no cambiaba por nada en el mundo.

Sostenerlos entre mis brazos y observarlos con detenimiento era casi hipnótico.

Enzo tenía un pequeño lunar sobre el labio, un detalle mínimo que me parecía perfecto. Además, su expresión… esa mueca diminuta que se formaba cuando algo lo incomodaba, era tan pare
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