Los recién casados, señores Smith, llegaron tarde a su habitación.
Desde el momento en que salieron del ascensor, Adams tomó a Glenda en brazos, llevándola por el pasillo entre risas y besos. Ella, con la emoción palpitante en su pecho, logró abrir la puerta con cierta dificultad mientras él no dejaba de devorar sus labios con pasión.
Al cruzar el umbral, Adams la llevó directo a la cama, recostándola con suavidad mientras se colocaba sobre ella, sin dejar caer todo su peso.
—Bienvenida, señora