La mañana avanzó lentamente, pero Alejandro mantuvo sus manos y mente ocupadas con el trabajo. Se dijo a sí mismo que era la única forma de ahogar los ecos de su toque sensual, el aroma de Camila en sus sábanas, su voz en su oído, la sensación de su cuerpo aferrado al suyo. Había cruzado una línea, y aunque la culpa lo presionaba, el recuerdo de ella hacía inútil cualquier intento de olvidar.
El timbre agudo del teléfono del establo lo devolvió al presente. Se secó el sudor de la frente y conte