Cuando finalmente se separaron, jadeando, los ojos de Camila estaban vidriosos, sus labios hinchados. La mano de Alejandro aún sostenía su mandíbula, su pulgar rozando su piel mientras su mirada penetraba en ella.
“Esto es solo el comienzo”, murmuró, voz baja y firme, como sellando un pacto.
Camila se estremeció, su cuerpo traicionándola con excitación incluso mientras su mente advertía del peligro. Pero el sabor de él en sus labios ahogaba toda duda.
El pulso de Camila tronaba en sus oídos mie