Después de un día agotador en el rancho, Alejandro se derrumbó en su cama, el agotamiento jalándole los huesos. El peso del trabajo del día persistía, pero un pensamiento se negaba a dejarlo descansar: Camila, la deslumbrante y hermosa esposa de su jefe.Su imagen, esas curvas seductoras, esa sonrisa provocadora, lo perseguía, encendiendo un fuego que no podía extinguir. Cuanto más intentaba sacarla de su mente, más vívidamente aparecía ella, sus ojos oliva brillando con promesas no dichas.Su cuerpo lo traicionaba, su erección tensando sus jeans, innegable e insistente. Criado en un hogar cristiano estricto, a Alejandro le habían enseñado que el placer propio era un pecado, un acto prohibido que manchaba el alma. Apretó los puños, deseando que el deseo se fuera, pero solo crecía más fuerte, una necesidad pulsante que lo mantenía dando vueltas.En sus sueños inquietos, Camila protagonizaba escenas que nunca se había atrevido a imaginar antes, su cuerpo presionado contra el suyo, su al
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