La luna colgaba baja sobre el extenso rancho como un ojo plateado vigilante, proyectando largas sombras pálidas a lo largo del polvoriento camino que conducía a los cuartos del capataz. El aire nocturno era cálido y espeso con el aroma de las flores de jacaranda y el sudor distante de los caballos, el tipo de noches que se pegaban a la piel y hacían que todo se sintiera más pesado, más vivo.
Martha López se movía en silencio a través de la oscuridad, sus gastadas sandalias de cuero apenas pertu