El pacto

Alejandro despertó en silencio. Por un momento se quedó quieto, mirando el techo, inseguro de si la noche anterior había sido un sueño nacido del hambre y la tentación. Pero luego giró la cabeza, y el tenue rastro de su perfume persistía en el aire, las sábanas aún marcadas por un recordatorio húmedo de lo que había sucedido. La realidad se abatió sobre él.

Se arrastró fuera de la cama, se duchó, se vistió y se movió al ritmo de su mañana como un hombre a medias ausente. Sin embargo, por más que intentara concentrarse en el trabajo, la noche seguía reproduciéndose en destellos, el sabor de su beso, la suavidad de su piel, la forma en que se entregó a él con un hambre que reflejaba la suya.

Para cuando salió al trabajo, Alejandro cargaba más que su bolsa de trabajo; cargaba el peso de una elección que aún podría consumirlo.

En la mansión, la mañana de Camila estaba lejos de ser estable. Se movía por su rutina con manos distraídas, cepillando su cabello, sirviendo café, ordenando la cocina, todo mientras su mente volvía a la noche anterior. 

El recuerdo se le pegaba como una fiebre. Cada movimiento le recordaba a él: la forma en que la había sostenido, el fuego en sus ojos, la emoción de la rendición. La culpa estaba allí, sí, pero era un suave susurro ahogado por los vívidos ecos de placer que no podía silenciar.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. “Cami, soy yo”, llegó la voz de Lucía.

Camila dudó, luego dejó entrar a su amiga. Los ojos de Lucía recorrieron rápidamente, notando la mirada distante, la forma en que se movía inquieta, como si su cuerpo aún llevara electricidad.

“Has estado actuando extraña”, dijo Lucía al entrar en la cocina. “Así que vine a verlo por mí misma.”

Camila forzó una pequeña sonrisa y se ocupó sirviendo dos tazas de café, pero sus manos la traicionaron, temblando lo suficiente para derramar unas gotas en la encimera.

Lucía arqueó una ceja. “¿Ves? Más vale que empieces a soltar más que ese café.”

Se sentaron a la mesa, y por un largo momento Camila intentó evitar los ojos de su amiga, mirando dentro de su taza como si el remolino oscuro pudiera tragarse su secreto entero. Pero Lucía se inclinó, negándose a dejar ganar al silencio.

“Vamos, Cami. Cuéntame. Estás radiante y inquieta al mismo tiempo. ¿Qué pasó?”

Camila se mordió el labio, el calor subiendo a sus mejillas mientras el recuerdo presionaba contra ella. Su voz bajó a un susurro. “Yo… me acosté con Alejandro.”

Los ojos de Lucía se abrieron, no con shock, sino con intriga. Se recostó lentamente, una sonrisa tirando de sus labios. “Así que eso es…”

Camila exhaló temblorosa, la culpa parpadeando en su rostro. “No debería haber pasado. Sigo reproduciéndolo en mi cabeza. Todavía puedo sentirlo.”

Lucía extendió la mano sobre la mesa, su tono bajo, casi conspiratorio. “¿Es tan bueno como imagino?”

Camila levantó la vista bruscamente, sorprendida por la pregunta, pero la picardía en los ojos de su amiga hizo que su corazón latiera por otra razón.

La sonrisa de Lucía se amplió. “No te veas tan sorprendida. Lo haces sonar… irresistible. Tal vez yo también quiera probar a Alejandro”, dijo Lucía sonriendo.

Camila se congeló, su aliento cortándose, la mañana repentinamente espesa con una tensión que no esperaba.

Camila miró a su amiga, con los ojos muy abiertos, como si no hubiera oído correctamente. “¿Quieres… a Alejandro?” Lucía se recostó en su silla, brazos cruzados, una sonrisa atrevida jugando en sus labios. “Por la forma en que estás radiante esta mañana? Sí. Lo haces sonar como un pastel que vale la pena probar.”

El primer instinto de Camila fue resistirse, decirle a su amiga que no, pero las palabras nunca se formaron. En cambio, su cuerpo la traicionó, el calor subiendo a sus mejillas, un escalofrío recorriendo su espalda mientras los recuerdos de la noche anterior surgían, agudos e irresistibles.

Apretó los labios, como intentando contenerlos, pero los ojos de Lucía ya estaban sacando la confesión. “No tienes idea…” murmuró Camila, su voz baja, casi temblorosa.

Lucía se inclinó hacia adelante, los ojos brillando. “Entonces cuéntame. Hazme sentir envidia.” Camila tragó con fuerza, la batalla interior derrumbándose bajo el peso del recuerdo.

“Es… construido como un hombre tallado en piedra. Pecho ancho, músculos duros, cada centímetro de él fuerte. Cuando me sostuvo, fue como estar atrapada en una tormenta, no puedes luchar, solo dejas que te lleve.”

Los labios de Lucía se separaron, su respiración acelerándose. “Sigue.” Los dedos de Camila se curvaron alrededor de su taza de café, los nudillos blanqueándose. La culpa seguía allí, pero más débil ahora, ahogada por la emoción de revivirlo. 

Su voz se volvió más ronca mientras hablaba. “Su resistencia, Dios, Lucía, no se cansaba. Cada vez que pensaba que había llegado a su límite, empujaba más fuerte, más profundo. Era como si no tuviera fin.”

Lucía se mordió el labio, inclinándose más cerca, completamente cautivada. “¿Y?” Camila dudó, su pulso latiendo, luego susurró las palabras que no había tenido intención de compartir. “Es… grande.

Más grande de lo que imaginé que cualquier hombre pudiera ser. La primera vez que entró en mí, pensé que no podría tomarlo. Pero una vez que lo hice…” Se estremeció, cerrando los ojos mientras el recuerdo ardía a través de su cuerpo. “…no quería que se detuviera. Nunca.”

La habitación quedó en silencio, salvo por su respiración. Lucía se recostó lentamente, su rostro iluminado por la excitación en lugar de juicio. “Entonces es verdad… Es todo lo que he fantaseado. ¿Y me dejarías…?”

Los ojos de Camila subieron, buscando el rostro de su amiga. La parte sensata de ella gritaba que dijera no, pero sus labios la traicionaron. “Si realmente lo quieres… sí. Lo compartiré.”

La sonrisa de Lucía se volvió perversa, una chispa de hambre iluminando sus facciones. “Entonces, mi querida Cami, creo que acabas de hacerme la amiga más feliz del mundo.”

El corazón de Camila latía con fuerza, su cuerpo temblando con un cóctel de miedo, culpa y emoción prohibida. Sabía que acababa de cruzar otra línea, pero las palabras ya habían sido dichas.

La admisión de Camila colgaba en el aire como humo. Por un momento, casi deseó poder retractarse, pero los ojos de Lucía ya brillaban de excitación, alimentándose del secreto que acababa de liberar.

“Entonces”, dijo Lucía, su voz suave y deliberada, “¿cuándo podré conocerlo apropiadamente?”

La boca de Camila se secó. “Lucía, esto no es algo que podamos simplemente… planear como una cena.”

Su amiga rio ligeramente, inclinándose sobre los codos. “¿Por qué no? Ya cruzaste la línea. Lo probaste, lo sentiste. Y si es tan incansable y… bien dotado como dices, hay suficiente de él para compartir.”

El pulso de Camila martilleaba en sus oídos. Debería haberse sentido disgustada o protectora, pero en cambio una extraña emoción recorrió su pecho. La imagen de Alejandro con otra mujer, su amiga, debería haberla puesto celosa, pero solo avivaba el mismo calor que pensaba haber dejado enredado en sus sábanas.

“¿Estás hablando en serio?” susurró Camila.

Lucía sonrió con sorna. “Totalmente en serio. Me has tentado demasiado, Cami. Quiero saber cómo se siente estar debajo de él, tenerlo moverse como describiste.” Extendió la mano y tocó la de Camila. “Tú podrías hacerlo posible.”

El aliento de Camila se cortó. “Ni siquiera sé si él querría…”

“Oh, por favor.” Lucía puso los ojos en blanco. “Por la forma en que lo pintaste, es puro apetito. ¿Crees que un hombre así me rechazaría?”

El estómago de Camila se tensó, mitad con inquietud, mitad con anticipación reacia. “Tendría que ser… cuidadoso. Privado. Nadie puede saberlo nunca.”

La sonrisa de Lucía se amplió, perversa y ansiosa. “Exacto. Solo nosotros tres. Tú, yo y Alejandro.”

Las palabras golpearon a Camila como una promesa prohibida. Su corazón latía con fuerza, su cuerpo doliendo con el recuerdo incluso mientras su mente gritaba peligro. Cerró los ojos, la imagen formándose a pesar de sí misma, el físico atlético de Alejandro, su resistencia, su tamaño y ahora, el pensamiento de compartir esa experiencia con su mejor amiga.

Cuando los abrió, Lucía aún la observaba atentamente, su expresión una mezcla de picardía y hambre.

“Dime que sí, Cami”, susurró. “Dime que lo compartirás.”

Camila dudó, dividida al borde de la razón. Luego, con una exhalación temblorosa, asintió. “Hablaré con él.”

La sonrisa de Lucía fue victoriosa. “Buena chica. Entonces está decidido.” La habitación se sintió de repente más pequeña, más caliente, como si el aire mismo se hubiera espesado con su pacto. Camila no tenía idea de cómo reaccionaría Alejandro pero ya no había vuelta atrás.

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