La cena terminó antes de lo previsto.
Elena se levantó para tomar su bolso, pero la persona a su lado fue más rápida.
—Yo te llevo.
No era una pregunta, era un aviso.
Julián siempre se manejaba así.
Ella no se negó; sabía que el resultado sería el mismo de todas formas, como lo había sido toda la vida.
Si pensaba que Adrián era un dictador, Julián no se quedaba atrás.
A veces, de verdad le gustaría ver la escena que se armaría si esos dos llegaran a enfrentarse.
Al final, la capital sí era un lugar fuera de lo común: no cualquiera podía albergar a dos hombres de semejante poder y carácter.
Al salir del privado, el aire acondicionado del pasillo parecía más helado que el del comedor. Por instinto, ella se acarició los brazos.
En la esquina, una figura le hizo frenar en seco.
A unos quince metros, parado junto a la puerta de otro privado y hablando por celular, había un hombre alto con traje gris. Una silueta de lo más familiar.
Era Julio. El asistente de Adrián.
Si él estaba ahí, Adrián también.
Elena se detuvo en seco, sintiendo que el cerebro se le paralizaba por un segundo.
No quería que la vieran, no quería dar explicaciones y, mucho menos, escuchar a Adrián soltar el típico "¿quién es este tipo?".
En sus tres años de matrimonio había dado explicaciones de sobra, y cada una de ellas se sentía como un intento desesperado por demostrar que no estaba haciendo nada malo.
No quería dar ni una más. De hecho, no quería tener ningún contacto con él.
Dio medio paso hacia atrás, hasta que su hombro casi rozó el pecho de Julián.
—Vámonos por allá —murmuró con la voz baja—. Por ese lado también hay elevador.
No quería sumar ningún conflicto innecesario antes de que saliera el divorcio.
Julián miró hacia el fondo del pasillo y comprendió de inmediato por qué ella estaba actuando así. Sin brusquedad, pero con firmeza, le sujetó la muñeca.
—Elena —dijo él, mirándola desde arriba, con un tono impregnado de una emoción que ella no supo descifrar—. ¿De qué te estás escondiendo?
Ella no sabía muy bien de qué huía.
Ya le había pedido el divorcio, ya se había salido de la casa y, en términos legales, muy pronto no tendrían nada que ver el uno con el otro.
Sin embargo, al ver a Julio, el corazón le dio un vuelco.
Era una mezcla de culpabilidad irracional y... miedo.
¿Miedo a qué?
¿A que Adrián la viera con otro hombre?
Ridículo. ¿A qué le tenía tanto miedo?
Intentó justificarse: si Adrián la veía con Julián, el asunto del divorcio se complicaría demasiado.
Él asumiría que le había sido infiel, buscaría la ventaja moral y usaría eso para hacer un desastre con la división de bienes.
Quiso soltarse del agarre en su muñeca, pero la presión de los dedos de él solo se volvió más fuerte.
Julián echó a andar a paso relajado hacia aquel extremo del pasillo. Elena terminó siendo arrastrada tras él, dando un tropezón.
—¡Julián! —siseó—. Suéltame.
Él ni le respondió ni bajó el ritmo, avanzando con una determinación incuestionable.
Al terminar la llamada, Julio levantó la vista y la llamó con tono de incredulidad:
—¿Señora?
Al notar la cercanía entre ambos, se le fue el color de la cara e instintivamente dirigió la mirada hacia la puerta detrás de él.
Elena intentó jalar el brazo, pero el hombre a su lado no tenía la más mínima intención de ceder. Al voltear a verlo, descubrió que él no se molestaba en ocultar la diversión en su mirada.
Ella apretó los dientes. Lo estaba haciendo a propósito.
Al segundo siguiente, la puerta del privado se abrió.
Adrián salió con el celular en la mano, como si estuviera respondiendo un mensaje. Primero miró a su asistente y, siguiendo la dirección de su mirada, vio a Elena.
Luego vio a Julián.
Y después, la mano que sujetaba la muñeca de Elena.
El aire se congeló en un instante.
Adrián entrecerró los ojos, guardó el celular en el bolsillo con un movimiento rápido y clavó una mirada llena de dudas en su esposa.
Parecía decirle: "¿no piensas darme una explicación?"
Elena se quedó helada, sin moverse, mientras la mano de Julián continuaba sujetando la suya.
En el pasillo casi no se podía respirar. Al asistente se le hacía difícil tragar aire y, de manera discreta, se escabulló hacia el interior del privado.
Julián paseó la mirada entre los dos y, tras una pausa, soltó una carcajada:
—Qué casualidad, señor Adrián.
Adrián ni lo miró; mantuvo los ojos clavados en Elena con una sonrisa a medias, aunque la voz le salió tan fría que congelaba:
—Ven para acá.
Aquellas palabras le salieron como un gruñido atorado en la garganta.
Julián la soltó. Elena iba a dar un suspiro de alivio, pero de inmediato se le volvió a atorar el corazón en la garganta.
Vio a Julián caminar con total tranquilidad hacia Adrián, diciendo con tono ligero:
—Tanto tiempo, señor Adrián.
Adrián por fin desvió la mirada de Elena para fijarla en el hombre que tenía enfrente, de su misma estatura.
Lo reconoció.
Julián Cruz, de Grupo Altamira.
Un magnate que había irrumpido en los mercados internacionales hacía tres años. Un hombre de trasfondo misterioso y mano dura.
Adrián lo había visto en un foro global de negocios. En aquel entonces Julián proyectaba esa misma soltura, y al cruzarse a su lado le había soltado a quemarropa un "nos veremos pronto".
Por esa época solo era un director regional, pero en cuestión de tres años había saltado a la presidencia de la empresa.
Quedaba claro que sus recursos y astucia no eran cosa de juego.
Lo que nunca imaginó era que ese hombre estaría ahí parado, sosteniendo la mano de su esposa.
—¿Señor Julián? —Adrián se metió las manos a las bolsas del pantalón, con una mirada nada amistosa—. No me parece muy adecuado que se tome la molestia de traer a mi esposa.
—¿Esposa? —Julián sopesó la palabra, dibujando una sonrisa en la comisura de los labios—. Tengo entendido que Elena ya le dejó el acuerdo de divorcio en su oficina.
¿El acuerdo de divorcio?
El corazón de Adrián dio un vuelco. Apretó el puño dentro del bolsillo, aunque su rostro no reflejó ni una sola emoción.
Con un tono pausado y neutral, dijo:
—Son simples desacuerdos de pareja. No hay necesidad de que se involucre, señor Julián.
Adrián intentó dar un paso para pasarlo de largo, pero Julián se le atravesó, cortándole el paso.
—¿Simples desacuerdos? Retirarle los recursos médicos a su padre para dárselos a otra mujer y luego desaparecer sin dar la cara, dejándola sola aquí. ¿A eso le llama simples desacuerdos?
Adrián se detuvo un segundo y volvió a clavar la vista en Elena, con un matiz sarcástico:
—Vaya, veo que mi esposa le cuenta absolutamente todo, no se guarda nada.
A espaldas de ellos, Elena apretó las manos con fuerza, mirando a Julián con una mezcla de emociones.
Él sabía que ella estaba buscando contactos médicos, sabía que había llevado el acuerdo de divorcio a la empresa, e incluso conocía el detonante de la ruptura con Adrián.
¿Otra vez investigándola?
¿Qué era lo que pretendía?
Julián giró la cabeza y miró a la mujer detrás de él con una leve sonrisa:
—La relación entre Elena y yo no es tan simple como usted piensa, señor Adrián.
Provocación.
Una provocación descarada.
A Adrián apenas le alcanzaba el autocontrol para mantener la sonrisa. El coraje se le subió a la cabeza al punto de malinterpretar la mirada que Elena le estaba dando a Julián.
—¿Elena? —Adrián le puso la mano sobre el hombro a Julián con fuerza, con un hielo en los ojos capaz de atravesarlo—. Nos retiramos. Con permiso, señor Julián.
Dicho eso, sujetó a Elena del brazo sin darle margen a réplica.
Ella intentó zafarse, pero el murmullo contenido de rabia de Adrián le llegó directo al oído:
—Ni se te ocurra voltear.
Cuando la figura de ambos desapareció al fondo del pasillo, la sonrisa de Julián se borró por completo. Se giró sin prisa el anillo del dedo índice y murmuró para sí mismo:
—Adrián, tanto tiempo.