Capítulo 5
—¡Suéltame!

A Elena prácticamente la llevó arrastrando hasta el estacionamiento subterráneo. El dolor en la muñeca le hacía fruncir el ceño con fuerza.

El lugar era amplio y solitario, y en él resonaba la respiración entrecortada de Elena.

Cuando las yemas de sus dedos rozaron la marca roja y ardiente en la muñeca de Elena, Adrián tensó la mandíbula.

Con la mirada oscurecida y aquella imagen de Julián sosteniéndole la mano en el pasillo clavada en la mente, apretó con más fuerza sin darse cuenta.

Con las mejillas encendidas de pura rabia, Elena no aguantó más y se lo sacudió de encima con un jalón violento:

—¡Adrián Vega! ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?

En su tono no había más que un fastidio evidente.

El tirón hizo que Adrián diera un tropezón. Un destello de desconcierto apareció en sus ojos. Era la primera vez que la escuchaba llamarlo por su nombre completo.

Antes de casarse, lo llamaba señor Adrián. Después de la boda, simplemente mi amor.

Se giró y clavó los ojos en ella.

—¿Cómo me llamaste?

Aquel tono áspero cayó sobre él como un balde de agua helada, extinguiendo de golpe el fuego que le quemaba el pecho.

La que había sido sorprendida con otro hombre era ella, ¿y ahora resultaba que el problema era él?

Elena ni se molestó en responder. Se sobó la muñeca mientras su pecho subía y bajaba agitado por la caminata a marchas forzadas.

Trató de calmar la respiración antes de soltar:

—Ya recibiste el acuerdo. En cuanto te acomode, vamos al registro civil a firmar el divorcio.

Lo dijo con un desapego tan seco, con una naturalidad tan fría, como si estuviera decidiendo qué cenar esa noche.

A Adrián le vino a la memoria aquel sobre de manila. Recordó a Julio diciéndole: “Se lo mandó su esposa”, y recordó haberlo arrojado a un lado sin siquiera abrirlo.

Luego vinieron las juntas, la gestión de los proyectos, hasta que terminó por olvidar que ese sobre existía.

Resulta que era el divorcio.

Ya tenía decidido dejarlo.

¿Por quién?

¿Por Julián?

Adrián volvió a recorrerla con la mirada. La blusa de satén combinada con el pantalón de vestir estilizaba su figura, el cinturón metálico le daba un toque impecable y el cabello negro en ondas, junto a un maquillaje discreto, proyectaban una elegancia ejecutiva por los cuatro costados. Proyectaba la imagen impecable de una profesional de alto nivel.

Hacía cuánto que no se detenía a observarla así. En la casa siempre andaba con ropa holgada y cómoda, la cara lavada y el cabello suelto sobre los hombros.

Cada día, al cruzar la puerta tras el trabajo, lo recibía una mujer desbordante de ternura que hundía la cabeza en su pecho y, con voz suave, le preguntaba si el día había sido pesado o si algo le había salido mal.

Se había acostumbrado tanto a esa versión dócil que tener enfrente a esta mujer de hielo le resultaba casi ajeno.

Esos ojos que alguna vez estuvieron llenos de dulzura ahora no reflejaban más que desengaño.

Se le había olvidado que ella también era humana, que tras ser relegada una y otra vez tenía todo el derecho de explotar.

Adrián inhaló hondo para sofocar la marea de emociones que le turbaba el pecho y bajó la voz:

—Los dos estamos muy alterados ahora. No es momento para hablar de esto. Vámonos a la casa.

Estiró la mano para sujetarla.

Elena dio un paso atrás de golpe, esquivando el contacto con una rapidez pasmosa. Esa manera de eludirlo, como si fuera una plaga, le picó el orgullo a Adrián en lo más profundo.

La mano... quedó suspendida en el aire.

—Esa es tu casa, no la mía.

Elena levantó la vista. Sintió un ardor punzante en la nariz y la voz se le quebró un poco:

—Yo ya no tengo casa.

Era verdad, ya no le quedaba un hogar.

Su papá ya no estaba. Se había quedado completamente sola en este mundo.

La enorme ciudad, deslumbrante de luces, le ofrecía un refugio a cualquiera, menos a ella.

Alguna vez llegó a pecar de ingenua pensando que podría ablandar el corazón de Adrián. Se desvivió por ser atenta, por encajar en su mundo. Aprendió de etiqueta, de formalidades, de todo aquello que no se le daba, moldeándose a marchas forzadas para ser la mujer que él quería.

Buscaba aferrarse a su padre, aferrarse a su matrimonio, pero al final este era el resultado.

No pudo conservar nada. Se sentía una buena para nada.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano por tragarse la amargura y contener las lágrimas, evitó a toda costa que Adrián la viera derrumbarse.

Lo encaró con una terquedad desgarradora:

—No voy a regresar. Ya me salí de ahí y no me llevé absolutamente nada tuyo —hizo una pausa—. Las cláusulas del convenio son justas; solo me voy a quedar con lo que me corresponde.

¿Cosas suyas?

¿Solo lo que le correspondía?

A Adrián le pareció un chiste de mal gusto. Torció la boca en una sonrisa amarga:

—¿Tan bien marcaste la raya? Elena, dime la verdad: ¿para ti estos tres años no fueron más que un negocio de principio a fin?

—¿Y qué esperabas?

La respuesta le vino de golpe, como si tuviera la realidad clara desde hacía tiempo:

—¿A poco tú no te casaste conmigo solo por las acciones que tenía tu abuelo? ¿De veras crees que uno de los dos es más puro que el otro?

El aire se congeló al instante.

Un segundo.

Dos segundos.

Tres segundos.

De pronto, Adrián soltó una risotada y retiró la mano que seguía suspendida en el aire.

—Bien dicho.

Aquellas palabras fueron un dardo directo a su dignidad.

Dio un paso al frente, envolviendo a Elena con su sombra.

Cualquier rastro de tibieza desapareció de su rostro como si jamás hubiera existido:

—No voy a firmar nada. Sabes perfectamente bien por qué nos casamos.

La miró fijamente, recuperando la altivez implacable de siempre:

—Entre nosotros, ni el principio ni el final los decides tú.

Ahí estaba: ese era el verdadero Adrián Vega.

La calidez nunca había sido más que una máscara; en cuanto entraban en juego sus intereses, volvía a convertirse en el despiadado hombre de negocios de siempre.

Elena lo contempló en silencio durante un largo momento.

—Adrián, ¿de verdad crees que mi única opción es depender de ti?

Él no dijo nada, pero la mirada lo decía todo.

Ella se burló de su arrogancia con un bufido helado:

—A ver cuánto te dura esa confianza.

Sin añadir una sola palabra, sacó las llaves y caminó hacia su carro, con una serenidad casi aterradora.

Adrián apretó los puños. Al final, no pudo evitar soltar la pregunta, aunque la voz le salió más rasposa de lo que hubiera querido:

—¿Qué te traes con él?

Elena no detuvo el paso:

—No te importa.

—No nos hemos divorciado, sigues siendo una Vega.

—Pronto dejaré de serlo.

Al poner la mano sobre la manija de la puerta, agregó:

—Le voy a dar prisa al abogado con el trámite. Llevemos la fiesta en paz, no hagas esto más desagradable.

La puerta se cerró, el motor rugió y los faros iluminaron el perfil de Adrián entre destellos de luz y sombra.

El carro avanzó hasta perderse por completo en la vuelta de la calle.

Adrián se quedó tieso en el mismo lugar, con la mano colgando al costado, helada.

Ya dentro de su propio auto, necesitó tres intentos para lograr encender el cigarro. El humo no tardó en envolverle las facciones.

Antes de que el humo se disipara, su mirada se desvió hacia el retrovisor.

Del espejo retrovisor colgaba una pequeña medalla de San Benito.

Adrián creyó recordar que Elena se la había traído el año anterior, después de visitar un santuario muy lejos.

Aquel día, una tormenta había obligado a cerrar el camino de regreso. Elena lo llamó para pedirle que fuera por ella y, cuando Adrián llegó a la entrada del sendero, la encontró hecha un ovillo bajo el techo de un pequeño puesto abandonado, tratando de protegerse de la lluvia. Al verlo llegar, le ofreció una sonrisa culpable, disculpándose por ser una molestia.

Luego sacó del bolsillo una medalla envuelta en un pañuelo y se la mostró con orgullo. Le explicó que el sacerdote del santuario la había bendecido personalmente y que, entre todos los visitantes de su grupo, ella había sido la única que alcanzó a recibir una antes de que se terminaran.

Con la luz interior del carro encendida, Elena se veía empapada de pies a cabeza. El cabello se le pegaba a la frente y tenía el aspecto desvalido de una gata sorprendida por la lluvia. Aun así, sus ojos brillaban, felices, como si llevara entre las manos algo verdaderamente precioso.

Adrián casi nunca manejaba. Para sus reuniones y traslados siempre contaba con Julio, y además cambiaba de carro con frecuencia. Por eso rara vez reparaba en las pequeñas cosas que aparecían o desaparecían dentro del vehículo.

Ni siquiera sabía cuándo había colgado Elena aquella medalla del espejo.

Tal vez esa misma noche.

Tal vez algún día después, sin decirle nada.

La brasa del cigarro siguió consumiéndose entre sus dedos hasta que el calor le alcanzó la piel. Solo entonces Adrián volvió en sí y apagó el cigarro en el cenicero.

Permaneció en silencio durante un largo rato. Después sacó el celular y marcó un número.

—Averigua todo sobre Julián Cruz.

Un dolor agudo volvió a retorcerle el estómago. Adrián apoyó la frente sobre el volante y se presionó el abdomen con una mano.

Por primera vez tuvo la inquietante certeza de que las cosas comenzaban a escapársele de las manos.

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