Durante los días que llevaba viviendo en Bahía Clara, Elena no había prestado la menor atención al monólogo que Adrián insistía en representar por su cuenta.
Además de trabajar con normalidad durante el día, había concentrado todas sus energías en algo que para ella era de vital importancia: Casa Aurelia.
Casa Aurelia era una firma de moda artesanal que su padre había fundado años atrás y bautizado en honor a su esposa, Aurelia. Especializada en vestidos de alta costura confeccionados a mano, bordados tradicionales y piezas hechas a la medida, la marca había gozado de gran prestigio dentro del medio.
Sin embargo, cuando la salud de su padre empeoró, el negocio quedó abandonado durante años.
Las costureras, bordadoras y maestras artesanas que conocían las técnicas originales se fueron dispersando poco a poco. También perdieron el contacto con los proveedores de telas con quienes habían trabajado durante décadas, y hasta la página oficial de la firma llevaba demasiado tiempo sin actualizarse.
Ahora Elena quería cumplir el último deseo de sus padres y devolverle la vida a Casa Aurelia.
Muchas clientas antiguas todavía dejaban mensajes en distintas plataformas y preguntaban dónde podían conseguir sus diseños. Sin embargo, aquel interés aislado apenas era una gota en el océano frente a todo lo que la marca necesitaba para volver a levantarse.
Además de localizar a las artesanas que alguna vez habían trabajado con su padre, la prioridad más urgente era reconstruir cuanto antes una cadena de suministro de textiles de lujo.
Durante los últimos días, Elena había recurrido a todos los contactos que tenía y se había comunicado con varios distribuidores. Algunos ofrecían materiales de una calidad mediocre; otros se negaban a trabajar con ella porque el volumen inicial de sus pedidos era demasiado pequeño.
Después de muchos intentos, por fin encontró a Telares del Valle, una empresa de larga trayectoria especializada en sedas artesanales, encajes finos y brocados de alta gama.
A las seis de la tarde, Elena llegó en carro al Hotel Imperial, en el centro de la ciudad. La cena de negocios tendría lugar en uno de los salones privados del último piso.
El hotel estaba decorado con una elegancia clásica. Su ambiente sobrio y discreto lo había convertido desde hacía años en uno de los lugares predilectos de empresarios y familias influyentes para celebrar reuniones privadas y cerrar acuerdos.
Un recepcionista la saludó cortésmente. Después de confirmar los datos de la reservación, llamó el elevador y acompañó a Elena hasta el salón.
En el instante en que las puertas se cerraron, un hombre vestido de negro entró por el acceso lateral, rodeado por varias personas.
—Por aquí, señor Adrián.
***
Cuando comenzaron las conversaciones sobre la posible colaboración, la asistente de la otra empresa le había comentado que su jefe conocía muy bien la historia de Casa Aurelia. Incluso había coincidido varias veces con el padre de Elena, por lo que podía considerarse un viejo conocido de la familia.
En cuanto el responsable supo que era Elena quien solicitaba la reunión, aceptó verla sin vacilar.
Ella sentía verdadera curiosidad por saber quién era.
Al llegar al salón, agradeció al empleado que la había acompañado y empujó suavemente la puerta.
Una mujer vestida con un impecable traje ejecutivo se apresuró a recibirla.
—Señorita Elena, bienvenida. Soy Raquel Ruiz, secretaria de la presidencia de Grupo Altamira.
Elena reconoció de inmediato su voz. Era la mujer con quien había hablado durante las negociaciones.
¿Grupo Altamira?
¿No se suponía que iba a reunirse con los representantes de Telares del Valle?
¿Cómo había terminado involucrado Grupo Altamira?
Como si hubiera percibido su desconcierto, Raquel sonrió y se apresuró a explicarle:
—Telares del Valle fue adquirido por Grupo Altamira hace dos semanas. Nuestra compañía se ha concentrado tradicionalmente en los mercados internacionales, pero desde hace algunos años planeamos ampliar nuestras operaciones dentro del país. Por eso, a partir de ahora nosotros nos encargaremos de las negociaciones y de toda la coordinación comercial.
Elena había oído hablar de Grupo Altamira.
Era un conglomerado internacional dedicado principalmente a la industria del lujo. Con frecuencia organizaba desfiles de alta costura, exposiciones privadas, cenas de gala y otros eventos exclusivos.
Que quisiera entrar con mayor fuerza en el mercado local a través del sector de los textiles de lujo no resultaba extraño.
Lo extraño era otra cosa.
¿Qué mérito tenía ella para que la secretaria personal del presidente del grupo la recibiera en persona?
Casa Aurelia apenas era una marca pequeña que llevaba años fuera del mercado.
—Por favor, señorita Elena. El señor Cruz lleva tiempo esperándola.
¿El señor Cruz?
Sin saber por qué, una posibilidad comenzó a tomar forma en la mente de Elena.
Siguió a Raquel hacia el interior del salón.
El lugar era enorme. Después de atravesar un breve corredor, llegaron a un comedor privado. Una lámpara de cristal resplandecía sobre la decoración clásica, mientras una delicada neblina se deslizaba entre las flores blancas dispuestas en el centro de la mesa redonda.
Todo resultaba elegante, reservado y costoso.
Elena dirigió la mirada hacia el fondo.
Y sus ojos se encontraron de frente con los del hombre sentado en la cabecera.
Llevaba un traje casual gris. Estaba recargado con tranquilidad en la silla, con una mano apoyada sobre el borde de la mesa mientras hacía girar distraídamente una taza de café entre los dedos.
Cuando la vio entrar, una alegría inconfundible iluminó sus ojos.
—Elena.
Fue como si una piedra hubiera caído de pronto sobre la superficie de un lago.
El corazón de Elena perdió un latido.
Julián Cruz.
Diana lo había mencionado unos días atrás, pero ahora que él estaba realmente frente a ella, Elena seguía sintiendo que aquello no podía ser real.
Jamás había imaginado que volvería a verlo.
Mientras permanecía paralizada por la sorpresa, Julián ya se había levantado y había llegado hasta ella.
Miró de reojo a su secretaria.
Raquel comprendió la señal y salió discretamente del salón.
El familiar aroma amaderado de Julián envolvió a Elena cuando él la estrechó con suavidad entre sus brazos.
Su voz grave resonó junto a su oído.
—Elena, volví.
La mente de Elena seguía en blanco.
Sus recuerdos regresaron de golpe a aquel verano en que ella y su padre encontraron por primera vez a Julián junto a la entrada de un deshuesadero.
Había aparecido en sus vidas sin ninguna advertencia cuando ella tenía diez años.
Y, diez años después, había desaparecido con la misma falta de explicación.
Tras aquel accidente de carro, Julián se había esfumado sin dejar rastro.
Ahora, al volver a encontrarse, se había convertido en el presidente de Grupo Altamira.
Mientras contemplaba a la mujer que había extrañado durante tantos años, una ternura silenciosa suavizó la mirada de Julián.
Sus dedos rozaron distraídamente el lugar donde alguna vez había llevado un anillo.
Cuando habló, su voz no permitió adivinar qué sentía.
—Esta vez no volveré a irme.
Elena sostuvo su mirada.
El hombre frente a ella le resultaba familiar y, al mismo tiempo, completamente desconocido.
Había perdido la ingenuidad de la juventud. Sus facciones eran ahora más marcadas, más severas, y su porte distinguido resultaba imposible de ocultar. Detrás de los lentes de montura dorada, sus ojos negros conservaban aquella profundidad que Elena nunca había logrado comprender.
¿Quién habría imaginado que ese hombre distante e impecable, tan inaccesible como la cima de una montaña, había tenido que pelear con perros callejeros por restos de comida?
Julián inclinó ligeramente el cuerpo y volvió a envolverla entre sus brazos.
La repentina intimidad hizo que Elena se sintiera incómoda.
Tal vez era porque llevaban demasiado tiempo sin verse.
O quizá porque la identidad y la posición de Julián eran ahora completamente diferentes.
Elena lo apartó con suavidad y dibujó una sonrisa en los labios.
—Me alegra saberlo.
La distancia deliberada de Elena hizo que Julián se quedara inmóvil durante un instante.
Sin embargo, recuperó pronto la naturalidad.
La tomó de la mano y la condujo hasta la mesa. Después apartó la silla para que se sentara.
Elena no hizo ningún gesto innecesario y ocupó su lugar con tranquilidad.
—Escuché que vas a divorciarte —dijo Julián.
El cuerpo de Elena se tensó apenas.
No respondió.
En su lugar, sacó del bolso la propuesta comercial que había preparado.
—Hablemos de Casa Aurelia.
Levantó la mirada.
—Grupo Altamira no adquirió Telares del Valle solo para expandirse en el mercado local, ¿verdad?
Al notar que Elena evitaba deliberadamente el tema del divorcio, Julián se limitó a sonreír.
Se recargó en el respaldo de la silla, tomó la carpeta de las manos de Elena y comenzó a hojearla.
—Conozco bien Casa Aurelia. Fue una firma que papá levantó con sus propias manos. Es cierto que lleva varios años inactiva, pero todavía conserva sus fundamentos. Sus antiguas clientas confían en la marca y recuerdan la calidad de sus piezas. Lo que Grupo Altamira quiere hacer es devolverle la vida.
Papá.
La simple mención de su padre hizo que el dolor volviera a apretarle el pecho.
Elena observó a Julián y expuso directamente lo que pensaba.
—No es Grupo Altamira. Eres tú quien quiere hacerlo, ¿no?
Julián sonrió.
—¿Y qué importa si es así? ¿Acaso no tengo derecho a hacer algo por ti y por papá?
***
La copa de Adrián apenas había sido tocada.
Las conversaciones animadas y los brindis constantes alrededor de la mesa parecían no tener nada que ver con él.
La pantalla de su celular se encendía y se apagaba una y otra vez.
En el chat continuaba apareciendo el mensaje que había enviado aquella noche.
Habían pasado cuatro días.
Elena todavía no respondía.
Julio, sentado a su lado, se inclinó discretamente para recordárselo:
—Señor Adrián, el señor Soto está brindando con usted.
Adrián alzó apenas los párpados. Tomó la copa sin demasiado interés y la hizo chocar contra la del otro hombre.
El alcohol le quemó la garganta y le hizo fruncir el ceño.
Se aflojó la corbata.
Por más que lo intentaba, no conseguía contener la irritación que se acumulaba dentro de él.
Aquella sensación le resultaba desconocida.
Ni siquiera cuando había roto toda relación con su padre años atrás se había sentido de esa manera.
La pantalla del celular reflejaba sus cejas tensas.
Por muy molesta que estuviera Elena en el pasado, nunca dejaba pasar más de dos días sin comunicarse con él.
Julio percibió su impaciencia.
Después de pensarlo varias veces, decidió explicarle:
—Parece que la señora Elena ha estado ocupada últimamente con Casa Aurelia.
¿Casa Aurelia?
¿El pequeño taller sin futuro que había pertenecido a su padre?
Adrián recordaba vagamente que Elena le había preguntado alguna vez si existía alguna manera de volver a levantar la marca.
Probablemente le había respondido algo, aunque ya no recordaba qué.
Pasó los dedos por la superficie de la copa y soltó una risa desdeñosa.
¿Qué importancia tenía ese pequeño negocio?
Bastaba con que Elena se lo pidiera.
Él podía comprarle diez firmas iguales.
Adrián resopló con frialdad.
—Veo que sabe muy bien cómo mantenerse ocupada.