34.
Regreso tratando de que nadie me vea. La tierra esta algo húmeda o tal vez es la sangre que empapa mi pelaje.
Apenas subo los escalones de la entrada me transformo. Abro la puerta y cuando entro a la sala me detengo.
—La sangre no es mía. Tranquila.
Me tenso cuando ella solo se da la vuelta.
—No quiero dormir contigo. ¿Qué habitación me das?
—Esta también es tu casa. Puedes estar donde desees y yo también.
—Entonces dormiré en el bosque— ella camina hacia mí con intenciones de salir.
—Agarra la