La cabeza de Malu todavía parecía un tambor viejo siendo golpeado por una banda invisible cuando salió del ascensor.
Con pasos lentos y unas gafas de sol enormes cubriéndole medio rostro, entró al salón.
Su look matutino era el completo opuesto al de la noche anterior: un vestidito cómodo, un saquito ligero y el andar de alguien que estaba a dos toses de pedir suero.
Y lo peor: aún no había decidido si debía escribirle a Francine… o fingir que nada había pasado y esperar a que su amiga volviera