Los días en Nueva York empezaron a pasar de una forma distinta para Malu.
La agenda seguía demasiado llena como para permitir grandes colapsos.
¿Llorar? No.
¿Pensar demasiado? Tampoco.
Había horarios que cumplir, contratos que revisar, reuniones que debían comenzar en el minuto exacto.
Y Malu hacía todo eso como siempre lo había hecho: con una eficiencia casi quirúrgica.
Organizaba compromisos, anticipaba problemas, respondía correos mientras caminaba por las aceras heladas, el celular firme en