Por la mañana, Malu abrió los ojos, molesta por la luz natural que atravesaba la ventana como una cuchilla brillante.
La resaca pegó fuerte.
Boca amarga. Cabeza latiendo.
Se sentó en la cama con dificultad, sintiendo las piernas débiles y la garganta seca como papel.
Pasó las manos por el cabello completamente despeinado, intentando recordar cómo había llegado ahí.
Nada.
Vacío absoluto.
La vista le temblaba, el estómago amenazaba con rebelarse, y lo único que logró pensar fue:
“Agua. Dios mío…