Francine despertó antes de que el cielo de Nueva York se aclarara por completo.
La ciudad aún tenía ese tono azulado, suspendida entre la madrugada y el día, cuando ella se sentó en la cama, con el corazón demasiado inquieto como para seguir fingiendo sueño.
Había pasado toda la noche dando vueltas, repasando mensajes, videos, imágenes que no eran suyas, pero que ahora pesaban como si lo fueran.
Se puso la bata despacio y llamó al servicio a la habitación.
—Dos chocolates calientes, por favor