Cassio entró en la oficina de Dorian sin llamar.
El traje estaba impecable, la barba recién afeitada, el cabello en su sitio, pero nada de eso lograba ocultar las profundas ojeras ni la mirada cargada con esa mezcla peligrosa de culpa y urgencia.
No parecía el vicepresidente impecable de siempre. Parecía un hombre que llevaba días sobreviviendo a su propia mente.
Dorian levantó la vista del portátil y, antes siquiera de decir algo, lo entendió.
—Por lo visto… —dijo, recostándose en la silla— de