La sala de reuniones estaba en silencio, salvo por el zumbido discreto del aire acondicionado.
La larga mesa de madera oscura reflejaba el brillo frío de las luces del techo, y Natan se recostaba en la silla de cuero con un semblante confiado, o al menos lo intentaba.
Del otro lado, André hojeaba una carpeta llena de informes.
Los dos socios rara vez discrepaban en público, pero a puertas cerradas la conversación ya había tomado un tono ácido.
— Voy a ser directo, Natan —dijo André, inclinándose hacia adelante, con la voz baja pero cortante—. Este escándalo te expuso y, como consecuencia, expuso a la empresa. Perdimos clientes importantes, inversores se echaron atrás, y solo no fue peor porque actuamos rápido.
Natan se acomodó la corbata, disimulando la incomodidad.
— Y hay algo más —añadió André, ordenando los papeles frente a él como quien da el tema por cerrado—. Solo logramos sostener parte de la imagen porque inyectamos dinero en ONGs, proyectos sociales y campañas de responsabil