La sala de reuniones estaba en silencio, salvo por el zumbido discreto del aire acondicionado.
La larga mesa de madera oscura reflejaba el brillo frío de las luces del techo, y Natan se recostaba en la silla de cuero con un semblante confiado, o al menos lo intentaba.
Del otro lado, André hojeaba una carpeta llena de informes.
Los dos socios rara vez discrepaban en público, pero a puertas cerradas la conversación ya había tomado un tono ácido.
— Voy a ser directo, Natan —dijo André, inclinándos