Capítulo 36. El rugido de la víbora
Victoria entró en el despacho como un vendaval de elegancia gélida.
—¡Ya basta de este teatro, Aslan! —exigió Victoria, golpeando el escritorio con sus manos—. Un mes. Has tenido a esa mujer un mes aquí bajo el pretexto de una "emergencia". ¡Dímelo de una vez! ¿Ese bebé que lleva en las entrañas es de nuestra sangre? ¿Es tu hijo?
Aslan se levantó con una lentitud calculada, su figura proyectando una sombra amenazante sobre los estantes de madera oscura. El silencio que siguió fue más pesado que