92• Solo ustedes dos.

La fatiga se extendía por mi cuerpo como una ola espesa, pegajosa, imposible de detener. No era el cansancio típico del embarazo; era distinto, ajeno, demasiado profundo. Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como si alguien los hubiera sellado con plomo. Apenas podía mover los dedos. La boca me ardía de lo seca que estaba, y las náuseas subían y bajaban en oleadas irregulares que me helaban la piel.

Aun sin poder abrir los ojos, mi mente flotaba en una especie de seminconscienci
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