92• Solo ustedes dos.

La fatiga se extendía por mi cuerpo como una ola espesa, pegajosa, imposible de detener. No era el cansancio típico del embarazo; era distinto, ajeno, demasiado profundo. Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como si alguien los hubiera sellado con plomo. Apenas podía mover los dedos. La boca me ardía de lo seca que estaba, y las náuseas subían y bajaban en oleadas irregulares que me helaban la piel.

Aun sin poder abrir los ojos, mi mente flotaba en una especie de seminconsciencia incómoda. No estaba despierta del todo, pero tampoco dormía. Era un limbo extraño, borroso… y en medio de él, mi primer pensamiento claro, casi instintivo, fue Ruby.

Traté de respirar hondo, de orientarme, de entender dónde estaba. Ya no sentía el borde rígido del sillón bajo mi espalda. En su lugar, estaba recostada sobre algo más amplio, más blando… como un sofá largo o tal vez otro mueble. Mi cuerpo se hundía un poco, y por la posición, supe que me habían movido.

En algún punto lejano —muy
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